Archivos Mensuales: febrero 2014

“Compañeros del crimen”, Gema Palacios

Antes de cambiar su afición por las anfetaminas,- para intentar que la belleza de su cuerpo fuese comparable a la de su alma -, por una más atrayente y peligrosa tendencia a las sobredosis de ansiolíticos, Alejandra Pizarnik nos decía: “Toda la noche espero que mi lenguaje logre configurarme.”

En el caso de Gema Palacios, su lenguaje ya logró esa configuración hace tiempo. Su breve experiencia, fruto de esa famosa enfermedad que suele curarse con los años, no le priva de la clara posesión de un verbo maduro y solvente. Los cómplices de sus crímenes, (Compañeros del crimen. Ediciones Paralelo. 2014), pasean por sus versos para hacerle compañía en el silencio de la noche, cuando busca chocolate en la nevera.

Podemos imaginarla guarecida por un empapado paraguas bajo un plomizo cielo bonaerense, o bajo una fina lluvia parisina cuando “llueve/y qué importa si llueve esta noche/si estoy a salvo bajo tu ignorancia/que moja en silencio mis pupilas enormes…” La poesía, que es como un mapa que delimita el territorio personal de las emociones,- no confundir con el marcaje de territorio de los perros -, que marca las fronteras de las palabras propias e íntimas, nos permite, en ocasiones, el reproche; “siempre me han picado los jerséis de lana/el encaje en las ingles/los hombres que se van cuando los quieres…” Visión clara, al margen de la abstracción inherente al verso. Abstracción que se incrementa cuando la miopía embellece, aún más, la mirada en las mujeres bellas.

Le queda tiempo, en esta relación de crímenes, para dedicarle un recuerdo a mi admirado Ara Malikian, con quien tantas horas de trabajo he vivido, “ojos de una sola gota/vientre dormido de violín y llanto/materno de guitarra…”

El crimen del que trata éste segundo poemario de Gema, y del que algunos nos sentimos cómplices, no está adscrito a los atentados al verbo o al verso; al diccionario o la poesía. No. Eso tendrá que descubrirse con la lectura de estos “Compañeros del crimen”. “…hasta llorar de fiebre, y de dulzura, y de misterio/o de miseria/a lo lejos se oyen los tambores/muy pronto seremos devorados.”

Eduardo Prieto.

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